Hace 221 años, el 27 de diciembre de 1797, nació Manuela Sáenz, conocida como “Manuelita”, valiente mujer de la clase acomodada, que se unió a la causa patriota para la Independencia del Ecuador, y se vinculó sentimentalmente con el Libertador Simón Bolívar, quien la llamó la “Libertadora del Libertador“.

Manuelita nació en Quito, hoy Ecuador, hija del español Simón Sáenz Vergara y de la criolla María Joaquina de Aizpuru, quien se dice murió el día que nació Manuela o, según otras versiones, dos años más tarde, por lo cual la niña fue entregada al Convento de las Monjas Conceptas, donde vivió los primeros años de su vida.

En diciembre de 1816, conoció, en Quito, a James Thorne, acaudalado médico inglés, 26 años mayor que ella, que entonces tenía 19 años. Su padre, por razones de conveniencia, de acuerdo a los usos de la época, pactó su boda para julio de 1817, celebrándose el matrimonio en Lima, ciudad que no conocía las condiciones “ilegítimas” de su nacimiento.

Fue inicialmente aceptada en el ambiente aristocrático de la ciudad virreinal, donde se involucró de lleno en actividades políticas, en el marco del descontento creciente hacia las autoridades españolas, situación en la cual las mujeres ejercieron una gran influencia en los círculos sociales, como ocurría usualmente en todo lo que tenía que ver con la obtención de empleos y cargos para sus padres, esposos e hijos.

Informadas de los acontecimientos en el virreinato, muchas de aquellas damas, entre ellas Manuela, participaron de manera decidida en los movimientos revolucionarios, apoyando la causa de Simón Bolívar en la Nueva Granada y José San Martín en el Perú. Manuela contribuyó decididamente en el cambio del Batallón Numancia, del cual formaba parte su hermano José María, hacia las filas patriotas. José de San Martín, luego de tomar Lima y proclamar su independencia el 28 de julio de 1821, le confirió a Manuelita Sáenz el título de Caballeresa de la Orden “Sol del Perú”.

Manuela regresó al Ecuador en 1821 para reclamar la parte que le correspondía como herencia. El 16 de junio de 1822 vería por primera vez a Simón Bolívar, durante la entrada triunfal del Libertador a Quito. Así describe el momento en su diario:

“Cuando se acercaba al paso de nuestro balcón, tomé la corona de rosas y ramitas de laureles y la arrojé para que cayera al frente del caballo de S. E.; pero con tal suerte que fue a parar con toda la fuerza de la caída, a la casaca, justo en el pecho de S. E. Me ruboricé de la vergüenza, pues el Libertador alzó su mirada y me descubrió aún con los brazos estirados en tal acto; pero S. E. se sonrió y me hizo un saludo con el sombrero pavonado que traía a la mano”.

Al encontrarse de nuevo en un baile de bienvenida al Libertador, Bolívar le dirigió estas palabras: “Señora: si mis soldados tuvieran su puntería, ya habríamos ganado la guerra a España”. Poco después, Manuela y Simón Bolívar se convirtieron en amantes y compañeros de lucha. En 1823, Manuelita le acompañó al Perú y permaneció a su lado durante buena parte de las campañas, participando en ellas activamente, hasta culminar la gesta libertadora.

Manuela combatió en la Batalla de Pichincha, en la que recibió el grado de teniente de húsares del Ejército Libertador. Posteriormente, luchó en Ayacucho bajo las órdenes del mariscal Antonio José de Sucre, quien le sugirió a Bolívar su ascenso a coronela, rango que le fue concedido.

Lograda la Independencia, Bolívar y Manuela se radicaron en la ciudad de Santa Fe de Bogotá, donde el 25 de septiembre de 1828, el Libertador sufrió un atentado, que se frustró gracias a la valiente intervención de Manuelita. Sus enemigos políticos, conjurados para darle muerte aquella noche, fueron descubiertos por Manuela, al entrar al palacio de San Carlos (actualmente sede de la Cancillería de Colombia). La valiente mujer se plantó frente a los rebeldes, dando tiempo a que Bolívar salvara su vida, al escapar por la ventana. Por estas acciones, el mismo Bolívar la llamó la “Libertadora del Libertador”.

Después del fallecimiento de Bolívar, el gobierno de Francisco de Paula Santander desterró a Manuelita de Colombia, por lo cual tuvo de marchar exiliada a Jamaica. Regresó a Ecuador en 1835, pero su pasaporte fue revocado, por lo cual decidió instalarse en el pueblo de Paita, al norte del Perú. Allí sería visitada por personajes como el patriota italiano Giuseppe Garibaldi, el escritor peruano Ricardo Palma y el venezolano Simón Rodríguez.

En sus últimos años de vida, se mantuvo de la venta de tabaco, con traducciones y escribiendo cartas para los balleneros americanos que pasaban por la zona, también con sus bordados y dulces por encargo.

Falleció el 23 de noviembre de 1856, en Paita, Perú, durante una epidemia de difteria que azotó la región. Su cuerpo fue sepultado en una fosa común del cementerio local y sus posesiones fueron incineradas, incluyendo una parte importante de las cartas de amor de Bolívar y documentos de la Gran Colombia que aún mantenía bajo su custodia. Entregó a Daniel Florencio O’Leary gran parte de los documentos con los que este elaboró la voluminosa biografía sobre el Libertador.

El 5 de julio de 2010, durante la conmemoración del 199° aniversario de la firma del Acta de Independencia de Venezuela, el Comandante Hugo Chávez ingresó en el Panteón Nacional los restos simbólicos de Manuela, un cofre que contiene tierra de la localidad peruana de Paita, donde fue enterrada esta extraordinaria mujer latinoamericana, ejemplo de lucha y valor.

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